Alborea anuncia el nacimiento de «Semillas», un álbum de debut que verá la luz el próximo 15 de mayo para reivindicar el flamenco como un lenguaje de tierra, memoria y compromiso social. Tras sacudir los cimientos de la escena sevillana y agotar localidades en espacios de culto, la formación sevillana entrega una obra grabada en la quietud de Punta Paloma, donde el cante, la guitarra y la viola se entrelazan para rescatar la herencia de los abuelos y transformarla en una vanguardia que hiere y sana por igual. Con la complicidad de maestros como Raúl Rodríguez y Gautama del Campo, este trabajo se prepara para su puesta de largo el 9 de mayo en el Festival Anda Jaleo de Niebla y el 29 de mayo en la Sala Malandar de Sevilla, confirmando que, cuando la música nace de la honestidad, es el único rastro capaz de hacernos llorar de puro reconocimiento.
Existen verdades que solo pueden decirse a través del cante cuando este se despoja de toda vanidad. La formación sevillana Alborea ha decidido detener el tiempo para publicar el próximo 15 de mayo su álbum de debut titulado «Semillas». No estamos ante una producción al uso, sino ante un mapa emocional que rastrea el latido de lo jondo en las esquinas de lo cotidiano, buscando esa luz lorquiana que habita en las cosas pequeñas. El disco, grabado en el silencio cómplice de los estudios Punta Paloma bajo la dirección de José María Sagrista y Carlos Álvarez, se levanta como un elogio a lo orgánico. Es una obra que huele a campo y a verdad, donde los instrumentos, cante, guitarra, bajo, percusión y viola, no ejecutan notas, sino que cultivan un mensaje social y mundano que nos devuelve la fe en la capacidad regeneradora del flamenco.
En este inventario de nostalgias necesarias destaca el reciente hallazgo de «Santo Domingo», una pieza donde la banda invoca la memoria de los abuelos de Martín, su compositor. Es aquí donde el grupo logra el milagro de convertir la casa familiar de Marchena en un territorio sagrado gracias a la complicidad del tres flamenco de Raúl Rodríguez. El diálogo entre la cuerda del maestro y la voz de Belén de los Reyes rescata un amor incondicional que se ríe de la muerte, un tándem de humor y firmeza que define la identidad de toda una estirpe. Esta colaboración, sumada a la presencia del saxo de Gautama del Campo, demuestra que Alborea no busca el éxito efímero, sino aliados en la periferia de lo extraordinario para ensanchar los márgenes de un género que recupera su función más antigua: la de ser el cordón umbilical entre el pasado y el presente.
La llegada de este álbum supone la confirmación de un proyecto que ya ha demostrado su potencia visceral al agotar las localidades en sus comparecencias en el Teatro Triana. La liturgia de Alborea, que integra el baile en vivo como un elemento narrativo más, se prepara ahora para dos citas que prometen ser un reencuentro con lo sagrado. La primera parada tendrá lugar el 9 de mayo en el Festival Anda Jaleo de Niebla, donde compartirán escenario con figuras de la talla de María Terremoto, Lin Cortés o Raimundo Amador. Será el preludio perfecto para la presentación oficial de «Semillas» en Sevilla, que se celebrará el 29 de mayo en la Sala Malandar. En estos encuentros el público podrá ser testigo de cómo la vanguardia no consiste en romper con lo anterior, sino en profundizar en la raíz hasta encontrar la savia nueva que alimenta este nuevo cancionero.
Alborea ha conseguido con «Semillas» que el flamenco vuelva a ser esa herramienta punzante capaz de herir y sanar al mismo tiempo. Al escuchar este trabajo se percibe el eco de los grandes maestros pero con una mirada limpia, ajena a los artificios y pegada a la tierra. Es un acta de fe que nos recuerda que somos lo que recordamos y que la música, cuando nace del respeto y la honestidad, es el único lenguaje capaz de hacernos llorar de puro reconocimiento. Este disco queda ya como el rastro de una estirpe que no teme al mañana, una obra necesaria para quienes todavía creen que en el fondo de una guitarra y en el quejío de una voz se sigue escondiendo el misterio de la vida misma.
En este rastro de «Semillas» se adivina el futuro de un género que solo sabe avanzar cuando se detiene a escuchar el latido de su propia tierra.
